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sábado, 16 de junio de 2012

Inaugurada en Lisboa la sede de la Fundación Saramago


Un edificio de 400 años acoge el centro que será biblioteca y centro de investigación

ANTONIO JIMÉNEZ BARCA Lisboa 12 JUN 2012 - El País

Pilar del Río, compañera sentimental de Saramago,
 en la fundación del escritor, en Lisboa. / FRANCISCO SECO

En el corazón de Lisboa, en el Campo das Cebolas, en la Baixa, al pie de la Alfama, mirando al estuario del Tajo, se yergue la Casa dos Bicos, un viejo y hermoso edificio lisboeta que en su historia de más de 400 años albergó casi de todo en esta ciudad: desde un palacete de príncipe a un almacén de bacalao o un conjunto de dependencias municipales. A partir de hoy, cedido por el Ayuntamiento de Lisboa, será la sede de la Fundación Saramago, el lugar desde el que se pretende que irradie el espíritu del único escritor de lengua portuguesa con un Nobel de literatura.

Su compañera sentimental, la escritora y periodista Pilar del Río, alma de la fundación, explicaba el lunes —entre el olor de Mistol de las últimas limpiezas y los cartones de los últimos embalajes— lo que quiere que sea esta fundación: "No va a ser una institución literaria, preocupada de la obra de Saramago: para eso están las editoriales. Queremos que esto sirva para lo que Saramago concibió sus libros: para desasosegar. Para pensar, para lanzar ideas...".

Será, pues, un centro cultural sui generis, que gozará de actividades puntuales desde septiembre. Pero también será una biblioteca y un lugar de investigación donde se almacenan los originales, las pruebas, la correspondencia y las notas del autor portugués. Hoy, coincidiendo con la inauguración oficial, se abre al público una exposición, titulada A semente e os frutos, que muestra el recorrido vital de Saramago: desde sus fotos de infancia a sus minuciosas agendas en las que, allá por los setenta, apuntaba las horas de las reuniones de las células comunistas.

El edificio también cuenta con el despacho que iba a ser de Saramago —quien, fallecido hace dos años, en plena ejecución de las obras, jamás llegó a utilizar— y la recreación del viejo despacho donde el escritor, en una máquina de escribir Hermes, redactó sus primeros libros.

Hay fotos, dibujos, ediciones de sus libros, ediciones de los cientos de traducciones, entrevistas al escritor, películas. Pero Pilar del Río pretende convertir este edificio con nombre propio en algo vivo, en un latido de la misma ciudad que bombee compromiso con la vida y la sociedad. "La palabra que más se repite por aquí es responsabilidad", explica. Durante este mes la entrada será gratis. Después costará tres euros para los portugueses y cinco para los extranjeros. "Yo estoy contra la cultura del gratis total. No por el dinero. No. A mí me gustaría que existiera el trueque. Pero si no existe, es mejor así. Por responsabilidad, también, para que todo el mundo contribuya a sufragar esto, que vivirá sin subvenciones, gracias a los derechos de autor de Saramago y a algunas empresas que nos apoyan".

Sede la Fundación José Saramago. / FRANCISCO SECO

Frente al edificio, en la plaza, debajo de un olivo traído de su tierra reposan los restos del escritor. Él, que no llegó nunca a ver la obra arquitectónica terminada, quiso quedarse para siempre cerca de la Casa dos Bicos, del señorial edificio que de joven miraba con asombro en sus primeros paseos por Lisboa. Pilar del Río lo recuerda: "Él decía que todo escritor sueña algún día con el Nobel porque, quiérase o no, es una cosa que pasa. Y añadía que lo que nunca soñó fue en habitar la Casa dos Bicos”.

jueves, 24 de noviembre de 2011

"Saramago, Sampedro, Longares" por Juan Cruz en Mira que te lo tengo dicho

Hoy hubiera cumplido años José Saramago. Las celebraciones de José, aquel junco que arraigó en Tías, Lanzarote, un año después de la desaparición desgraciada de César Manrique, eran extremadamente sencillas, lo inverso de las solemnidades; alrededor podía haber el ruido ensordecedor, gritado, de la amistad y de la alegría, y a él se le veía ensimismado, jugando con sus perros, para los que partía plátanos maduros con una precisión minuciosa: cada trozo era igual a otro, y a cada trozo los perros saltaban como si los impulsara la monotonía de esa mano tan precisa. Siempre era así Saramago, en las grandes ocasiones y en las ocasiones más cotidianas, hasta el final de su vida. Él dijo que lo salvó, cuando tuvo la peor crisis de salud de su vida, la fuerza de Pilar del Río, su mujer, su traductora. Ella sigue animando el rescoldo vivo de la sombra benéfica de la escritura y el ejemplo de este escritor formidable que adivinó el malestar del mundo porque ya lo había sufrido. Ahora, en la soledad esquinada de este tiempo, recordarlo no es tan solo un deber, es un consuelo.

Estuve anoche en la entrega de los premios de los libreros madrileños. A José Luis Sampedro le entregaron el premio Leyenda. Y el maestro, un junco también, de 94 años desde febrero, habló de pie en el Círculo de Lectores, ante un grupo numerosísimo de libreros, a los que dedicó las piedras bien pulimentadas de su entusiasmo. Habló de su primera librería, la España, de Tánger, donde entró cuando tenía cuatro años y recibió del dueño un ejemplar de aquella revista infantil, Pinocho. Hasta su librería de cabecera ahora, la librería que le nutre en Madrid cada vez que viene de su estancia en el sur, donde vive con su mujer, la escritora Olga Lucas. Esa es la librería Alberti, a la que me refiero aquí con cierta frecuencia. Ante ese auditorio, ahora tan concernido por el porvenir del libro (su formato, cómo ha de ser al final), Sampedro se ocupó de las tabletas, "que tienen nombre de chocolate". No es partidario, él seguirá leyendo en libros de papel, seguirá pasando las hojas, "apretar un botón y encontrar una nueva página, eso no es humano". La gente rió con él, se preocupó con él, lo premió con un enorme aplauso, mientras se iba, con Olga Lucas, a descansar, que el acto fue muy tarde.
Y luego entregaron los libreros el premio al mejor libro del año, Las cuatro esquinas, de Manuel Longares, editado por Galaxia Gutenberg, y del que escribí aquí alguna vez. Lo presentó Lola Larumbe, destacó un hecho cierto, Longares es un escritor de grandes lecturas, sus libros (sobre todo La novela del corsé) nos llevan a otros libros, y él mismo se mide con los grandes escritores clásicos cada vez que se pone a la máquina, cuando aún no ha amanecido (como Sampedro, por cierto, que escribe desde muy temprano, o como Millás, que también es tempranero). Es, además, un hombre que ayuda a los jóvenes, que les corrige sus manuscritos, que los promueve ante los editores, con lo difícil que es hoy eso en un mundo tan difícil y tan mezquino como el de los escritores de ahora, tan preocupados de su propio ensimismamiento egocéntrico. Y es un hombre de librerías. Él mismo citó sus dos librerías, la Rubiños, que ya no existe, y la Pérgamo, de su amiga de estudios Lourdes Serrano, una gran librera de izquierdas en el barrio de Salamanca de Madrid.
Fue una jornada especial, cuando la noche le hace garabatos a los pasos de peatones, cuando los coches de la ciudad empiezan a parecer gatos.
Lean Las cuatro esquinas inmediatamente, dijo Lola Larumbe. Pues eso. En cuanto abran las librerías. 

jueves, 21 de abril de 2011

viernes, 18 de junio de 2010

¿Cuál es tu libro preferido de José Saramago?

Exigencia estética y compromiso ético



JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid - 18/06/2010

José Saramago era el más hispano de los escritores portugueses contemporáneos. En eso, aunque sin cambiar de lengua, seguía una larga línea que incluye a autores clásicos como Jorge de Montemayor o Gil Vicente. De un verso de este último, precisamente, había sacado el premio Nobel el título de la novela en la que trabajaba hasta que la enfermedad lo dejó sin fuerzas. Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, de la que llevaba escritas unas 30 páginas, es una reflexión sobre el tráfico de armas a través de la historia de un empleado de una fábrica de armamento.

No obstante, su próximo libro, que publicará Alfaguara , su editorial española, será José Saramago en sus palabras un autorretrato intelectual y político del escritor a través de estractos de entrevistas y conferencias. Fernando Gómez Aguilera ha sido el encargado de ordenar los temas en voces como Lisboa, Pesimismo, Dios, No, Iberismo, Lanzarote o Muerte. Además, el director portugués Miguel Mendes estrenará a finales de julio el documental José y Pilar (unión ibérica), producida por Pedro Almodóvar y Fernando Meirelles. Este último dirigió hace dos años A ciegas, la adaptación cinematográfica protagonizada por Julianne Moore de la novela Ensayo sobre la ceguera.
José Saramago fue un árbol con muchas ramas. De entrada, fue poeta antes que novelista de éxito y antes que poeta, pobre. Si se suma el periodismo a esos otros tres factores (pobreza, poesía y novela) se entiende la fusión entre preocupación social y exigencia estética que ha marcado la obra del único premio Nobel de la lengua portuguesa hasta hoy. En 1998, el máximo galardón literario del planeta reconoció a un hijo de campesinos sin tierra que había nacido en 1922 en Azinhaga, Ribatejo, a 100 kilómetros al norte de Lisboa. Tenía tres años cuando su familia emigró a la capital, donde las penurias rurales se tornaron en penurias de ciudad. Así, el futuro escritor se formó en la biblioteca pública de su barrio mientras trabajaba en un taller tras abandonar la escuela para ayudar a mantener la casa.
Las pequeñas memorias es el título que Saramago puso al relato de una infancia que siempre tuvo un pie en la aldea de la que había emigrado. Levantado del suelo (1980), por su parte, cuenta las peripecias de varias generaciones de campesinos del Alentejo. No fue su primera novela pero sí la que supuso su primera consagración después de que Manual de pintura y caligrafía rompiera en 1977 un silencio de casi 30 años. Eran los que habían pasado desde la aparición de Tierra de pecado, su verdadero estreno como novelista. En esas tres décadas Saramago había trabajado como administrativo y empleado de seguros; se había casado y divorciado, publicado tres libros de poemas, ingresado en el Partido Comunista —clandestino durante la dictadura de Salazar— y, sobre todo, consagrado como periodista.
En 1982 publicó Memorial del convento y dos años más tarde, El año de la muerte de Ricardo Reis. Esas dos novelas multiplicaron la fama internacional de Saramago. A los lectores desconcertados por la intensidad poética, la mezcla de voces y la ausencia de marcas convencionales en los diálogos en sus escritura soía darle siempre un mismo consejo: "Lea el libro en voz alta". Funcionaba.
A partir de entonces, la actividad del escritor se vuelve frenética: novelas, diarios, obras de teatro y hasta un blog. Tras la fábula iberista La balsa de piedra (1986), en la que España y Portugal se desgajan literalmente del continente europeo, llegaron Historia del cerco de Lisboa (1989) y El Evangelio según Jesucristo (1991). Su visión heterodoxa levantó una polémica que arreció cuando el gobierno portugués se negó a presentar el libro al Premio Literario Europeo. Herido por aquel gesto, Saramago se instaló en Lanzarote con Pilar del Río, su segunda esposa y nueva traductora, que tomaba el relevo de Basilio Losada. Una polémica similar estalló el año pasado cuando se publicó Caín, considerada hiriente por la jerarquía católica lusa.
La publicación en 1995 de Ensayo sobre la ceguera abrió una nueva etapa en la obra de José Saramago. Novelas como La caverna, El hombre duplicado, Ensayo sobre la lucidez o Las intermitencias de la muerte llevan al terreno narrativo reflexiones sobre el consumo, la sociedad de masas o el sistema democrático. Muchas de ellas parecen nacidas de una pregunta: "¿Qué pasaría si?". Si la gente votase masivamente en blanco, si alguien decidiese vivir al margen del capitalismo, si la gente dejase de morir. Cosas, Saramago lo sabía, que sólo suceden en la imaginación de un escritor de novelas.

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