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miércoles, 26 de marzo de 2014

Breve comentario de El sí de las niñas por Mario López Asenjo en MasterLengua

1. Autor:
Leandro Fernández de Moratín (1760-1828) escribió poesía en dos vertientes: la satírica y la lírica, pero donde realmente destacó fue como autor dramático. Moratín es el principal autor dramático del Neoclasicismo, aunque sólo escribiera cinco comedias. Sus obras siguen los preceptos del neoclasicismo como son: la verosimilitud de sus argumentos y por su doble finalidad de entretener y enseñar.
El tema fundamental de la obra de Moratín es la inautenticidad como forma de vida. De carácter satírico son La comedia nueva o El café contra los malos autores dramáticos que despreciaban las reglas y La mojigata contra la falsa religiosidad. En sus otras tres comedias – El viejo y la niñaEl barón y El sí de las niñas – defiende la libertad de la mujer para elegir marido. Era una cuestión de actualidad en aquella época en la que abundaban los matrimonios impuestos por interés.

El sí de las niñas (escrita en 1801 y estrenada en 1806) es la más importante del teatro neoclásico español. Se trata de una comedia en prosa, dividida en tres actos, cuya única acción se desarrolla en el reducido espacio de una posada de Alcalá de Henares durante diez horas. Dos son los temas esenciales de esta obra: el derecho a la libertad de elegir pareja y la educación de la mujer. Junto con estos dos temas fundamentales, se tratan también otros temas secundarios como son el de la autoridad y egoísmo de los padres y el de las ilusiones del viejo que se enamora de una jovencita.
Su estilo es otro acierto: el diálogo natural y el lenguaje es claro, llano, de un estilo ya moderno.

2. Elementos Dramáticos:
  •  Personajes
- Don Diego, 58 años. Es el personaje que desencadena la acción porque está comprometido con Doña Paquita, bastante mas joven que él. Se le puede considerar el verdadero protagonista de la obra y el que representa las ideas neoclásicas que tratan de cambiar el problema social de los matrimonios concertados.
- Paquita o Francisca, 16 años. Es una muchacha discreta que es obligada a casarse con un hombre 42 años mayor que ella pero debido a su educación no es capaz de demostrar sus sentimientos y esto la llevara a arriesgar el amor que siente por Don Carlos.
- Don Carlos25 años. Sobrino de Don Diego. Es un valiente militar, pero  sumiso ante su tío. Es un joven apasionado que quiere luchar por su amor pero las reglas sociales y el respeto a su tío se lo impiden.
- Doña Irene, madre de Doña Paquita, representa un personaje autoritario y ridículo que refleja la autoridad de los padres de la época sobre sus hijos.
 - Rita criada de Doña Irene
- Simón criado de Don Diego
- Calamocha criado de Don Carlos
Los criados del teatro tenían la función de aportar  al espectador nuevas informaciones por medio del diálogo entre sí o con sus amos. Además, por su espontaneidad y conocimiento basado en la sabiduría popular, que no en los libros,  podría decirse que representan la “voz” del pueblo llano en la obra.

  • Tiempo: “La acción empieza a las siete de la tarde y acaba a las cinco de la mañana siguiente”
  •  Espacio: Una humilde pensión (o posada) en Alcalá de Henares

3. Resumen
La comedia se ajusta perfectamente a los principios artísticos  de la estética neoclásica, por lo tanto, en lo que respecta el teatro, nuestra obra sigue la regla de las tres unidades clásicas, es decir: espacio, tiempo y acción. De esta manera, la acción transcurre durante una noche y hasta el amanecer en una posada de Alcalá de Henares (cerca de Madrid). A dicha posada llega don Diego (caballero adinerado de 58 años) para encontrarse y conocer a  su futura esposa, Paquita de 16 años (que viene acompañada por su madre, quien ha concertado el matrimonio de su hija). A la posada llega también, don Carlos, el verdadero amor de Paquita, valiente militar y sobrino de don Diego. Llega  hasta la posada avisado por Paquita en un desesperado intento para detener  la boda.
Conforme avanza la acción Don Diego empieza a sospechar que su sobrino tiene algo con Paquita y le  ordena que regrese al regimiento; éste se dispone a obedecer, renunciando a la vez al amor de su amada (porque obedecer a su tío es lo que debe hacer un buen ciudadano).
Para informar a Doña Paquita de su decisión le envía una última carta de amor, la cual por casualidad llega a manos de Don Diego, que, comprendiendo el amor entre los jóvenes, decide renunciar a su matrimonio con la joven, y haciendo llamar a su sobrino, hace posible la unión entre los enamorados.
Por tanto, se impone la lógica y triunfan los verdaderos sentimientos. Don Diego se da cuenta de que Paquita se casa obligada por su madre y además que está realmente enamorada es de su sobrino, por ello renuncia a su felicidad para hacer posible la de los jóvenes.

4. Antología de textos
Acto I
[Entran en escena doña Francisca (Paquita en este resumen) y su madre, doña Irene. Vienen desde el convento en el que Paquita vivía para reunirse con el novio. Ambas junto con don Diego charlan sobre los pormenores de la elección de Paquita (ésta claro está solo se casa porque se lo manda su madre, ella vive enamorada de don Carlos]

D. DIEGO Es verdad. Sólo falta que la parte interesada tenga la misma satisfacción que manifiestan cuantos la quieren bien.
DOÑA IRENE Es hija obediente, y no se apartará jamás de lo que determine su madre.
D. DIEGO Todo eso es cierto; pero…
DOÑA IRENE Es de buena sangre, y ha de pensar bien, y ha de proceder con el honor que la corresponde.
D. DIEGO Sí, ya estoy; pero ¿no pudiera, sin faltar a su honor ni a su sangre…?
DOÑA FRANCISCA ¿Me, voy, mamá? (Se levanta y vuelve a sentarse.)
DOÑA IRENE No pudiera, no señor. Una niña bien educada, hija de buenos padres, no puede menos de conducirse en todas ocasiones como es conveniente y debido.

[Se cierra el acto con que la noticia de la llegada de don Carlos a la posada. Informado de los planes de boda  ha venido para tratar de impedirlo. Paquita recobra la ilusión y la esperanza de que pueda solucionarse todo]

Acto II
[(Escena V) De nuevo están juntos dialogando, doña Irene, don Carlos y Paquita. Don Diego sigue sospechando de los verdaderos sentimientos de Paquita, duda de si se casa porque quiere o porque su madre se lo manda ]

D. DIEGO Puede que esté llena de miedo, y no se atreva a decir una palabra que se oponga a lo que su madre quiere que diga… Pero si esto hubiese, por vida mía que estábamos lucidos.
DOÑA FRANCISCA No, señor; lo que dice su merced, eso digo yo; lo mismo. Porque en todo lo que me mande la obedeceré.
D. DIEGO ¡Mandar, hija mía!… En estas materias tan delicadas los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen, aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!… ¿Y quién ha de evitar después las resultas funestas de lo que mandaron?… Pues ¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas solamente porque un padre tonto se metió a mandar lo que no debiera?… ¡Eh! No, señor; eso no va bien… Mire usted, Doña Paquita, yo no soy de aquellos hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni mi edad son para enamorar perdidamente a nadie; pero tampoco he creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase a quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece a la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices. Para conseguirlo no he ido a buscar ninguna hija de familia de estas que viven en una decente libertad… Decente, que yo no culpo lo que no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante más apetecible que yo? Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid… Lleno de estas ideas me pareció que tal vez hallaría en usted todo cuanto deseaba.
DOÑA IRENE Y puede usted creer, señor D. Diego, que…
D. DIEGO Voy a acabar, señora; déjeme usted acabar. Yo me hago cargo, querida Paquita (…) sepa usted que yo no quiero nada con violencia. (…).
DOÑA IRENE ¿Puedo hablar ya, señor?
D. DIEGO Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y sin intérprete.
DOÑA IRENE Cuando, yo se lo mande.
D. DIEGO Pues ya puede usted mandárselo, porque a ella la toca responder… Con ella he de casarme, con usted no.
Preguntas
  • ¿Cuáles son las ideas más importantes defendidas por don Diego en este fragmento?




  • Explica tu postura personal respecto a las palabras de don Diego.




  • ¿Cuál es el rasgo característico de doña Irene? ¿y el de doña Francisca?






[Al final del acto se encuentran don Carlos y su tío. Es un encuentro en el que ninguno de los dos descubre la verdadera razón por la que están en la posada. Sin embargo, don Diego quiere evitar que su sobrino descubra que él se va a casar y le manda de vuelta a Zaragoza donde está su cuartel; aunque Carlos le asegura que lo hará, se queda en la posada]

ActoIII
[En las cinco primeras escenas se empieza a desentrañar la trama: Paquita debería recibir  una carta que don Carlos le ha escrito, pero por infortunio la carta  llega a manos de don Diego que al leerla descubre la existencia del amante y pierde todas sus ilusiones de boda.
En la escena VIII por primera vez  se quedan solos en escena Paquita y don Diego. Éste sabedor ya de que ella está enamorada de otro hombre quiere que Paquita exprese sus sentimientos y le diga la verdad ahora que no está su madre delante.]
DOÑA FRANCISCA Tampoco; no señor… Nunca he pensado así.
D. DIEGO No tengo empeño de saber más… Pero de todo lo que acabo de oír resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no tiene queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la estimo, que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie me dispute su mano… Pues ¿qué llanto es ése? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco? ¿Son éstas las señales de quererme exclusivamente a mí, de casarse gustosa conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor? (Vase iluminando lentamente la escena, suponiendo que viene la luz del día.)
DOÑA FRANCISCA Y ¿qué motivos le he dado a usted para tales desconfianzas?
D. DIEGO ¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de usted sigue aprobándola y llega el caso de…
DOÑA FRANCISCA Haré lo que mi madre me manda, y me casaré con usted.
D. DIEGO ¿Y después, Paquita?
DOÑA FRANCISCA Después…, y mientras me dure la vida, seré mujer de bien.
D. DIEGO Eso no lo puedo yo dudar… Pero si usted me considera como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su dolor? Y no para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para emplearme todo en su consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen tanto.
DOÑA FRANCISCA ¡Dichas para mí!… Ya se acabaron.
D. DIEGO ¿Por qué?
DOÑA FRANCISCA Nunca diré por qué.
D. DIEGO Pero ¡qué obstinado, qué imprudente silencio!… Cuando usted misma debe presumir que no estoy ignorante de lo que hay.
DOÑA FRANCISCA Si usted lo ignora, señor D. Diego, por Dios no finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte.
D. DIEGO Bien está. Una vez que no hay nada que decir, que esa aflicción y esas lágrimas son voluntarias, hoy llegaremos a Madrid, y dentro de ocho días será usted mi mujer.
DOÑA FRANCISCA Y daré gusto a mi madre.
D. DIEGO Y vivirá usted infeliz.
DOÑA FRANCISCA Ya lo sé.
D. DIEGO Ve aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se llama criar bien a una niña: enseñarla a que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan honestas luego que las ven instruidas en el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de tener influencia alguna en sus inclinaciones, o en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo.
DOÑA FRANCISCA Es verdad… Todo eso es cierto… Eso exigen de nosotras, eso aprendemos en la escuela que se nos da… Pero el motivo de mi aflicción es mucho más grande.
  • ¿Qué quiere don Diego de Paquita? Selecciona las preguntas mas significativas que le hace



  • ¿Evoluciona Paquita desde el principio del diálogo hasta el final?





[Cuando la madre de Paquita descubre lo que está pasando entra en cólera y quiere matar a su hija por desobediente, pero  interviene don Diego para hacerla razonar y convencerla de que lo mejor para todos es que ellos puedan elegir libremente y al final triunfe el amor. Conviene destacar el sentido de moraleja que tiene el final de la obra.]
DOÑA IRENE ¡Conque el bueno de D. Carlos! Vaya que…
D. DIEGO Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras que usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño… Esto resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece, y éstas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas… Por una casualidad he sabido a tiempo el error en que estaba… ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!
DOÑA IRENE En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se gocen… Venga usted acá, señor; venga usted, que quiero abrazarte. (Abrazando a D. Carlos. Dª Francisca se arrodilla y besa la mano a su madre.)
(…)
D. DIEGO Paquita hermosa (Abraza a D. Francisca), recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre… No temo ya la soledad terrible que amenazaba a mi vejez… Vosotros seréis la delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor…, sí, hijos, aquél…. no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa.
D. CARLOS ¡Bendita sea tanta bondad!
D. DIEGO Hijos, bendita sea la de Dios.

jueves, 7 de marzo de 2013

"Nigel Glendinning, polifácetico hispanista" por Valeriano Bozal (El País)


El filólogo e historiador era una de las máximas autoridades en Goya


Nigel Glendinning, hispanista británico. / HUGO GLENDINNING

Escribió Saavedra Fajardo: “Tenemos por virtud los vicios, queriendo que la ambición sea grandeza de ánimo, la crueldad justicia, la prodigalidad liberalidad, la temeridad valor, sin que la prudencia llegue a discernir lo honrado de lo malo y lo útil de lo dañoso”. Son palabras de actualidad que Nigel Glendinning, fallecido repentinamente a los 83 años en su casa de Londres el pasado 23 de febrero, ha citado en sus estudios sobre literatura española. Conocí a Glendinning, antes de tratarle en persona, en la lectura de su Historia de la literatura española. El siglo XVIII,publicada en castellano en 1973 en una colección dirigida por Francisco Rico. Era un libro sorprendente en su brevedad: hablaba de autores y obras, de los precios de los libros, de las materias publicadas y los libros científicos editados, de los suscriptores de colecciones. Tanta minuciosidad y rigor no eran costumbre entre nosotros, era el libro de un historiador y de un lector.
Después nos conocimos en Cádiz. Descubrí a un inglés alto, elegante, contenido, con fino sentido del humor y amplios conocimientos. Su interés por la literatura española dieciochesca se había iniciado trabajando sobre Cadalso, su tesis doctoral, texto publicado en España gracias al apoyo de Dámaso Alonso en 1962. Ya nunca olvidó el siglo ilustrado, pero siempre lo abordó con un ojo puesto en el presente.
Como tantos otros hispanistas, Glendinning ha reconstruido una tradición que se aparta de los tópicos al uso y pone en cuestión el monolitismo de la España nacional católica. Una tradición crítica que parte de los moralistas y satíricos del Siglo de Oro, se enfrenta al pensamiento reaccionario en el siglo XVIII y se prolonga en el liberalismo modernizador del ochocientos y en los años republicanos del siglo XX. Cadalso, Moratín, Jovellanos, Torres Villarroel, Meléndez Valdés, Cienfuegos, son algunos de los nombres que jalonan esa “tradición heterodoxa”.
Nació Nigel Glendinning en East Sheen, condado de Surrey, en 1929, en el seno de una familia que gustaba del arte. Aprendió a tocar el violín, cantaba en el coro de la catedral londinense de San Pablo. Cantaba luego, mientras estudiaba la licenciatura de francés y español, componía versos y canciones, algunas de las cuales se interpretaron en el Club de Compositores de la Universidad de Cambridge: una de sus canciones se incluyó en un programa de la BBC sobre la vida musical de la universidad.
Impartió en Cambridge sus primeras clases como catedrático de Español. Ocupó las cátedras de español en las universidades de Southampton (1962-70), Dublín (1970-74) y en el Queen Mary and Westfield College, Universidad de Londres, desde 1974 hasta ahora, a partir de 1991 como catedrático emérito. Recibió premios y distinciones entre nosotros, aunque menos de las que se merecía, somos avaros en todo esto; destacan entre ellos el premio de la Fundación Amigos del Museo del Prado (2005) y el doctorado honoris causa de la Universidad Complutense de Madrid (2006).
Vino a España para trabajar en su doctorado sobre Cadalso y contaba de los archivos españoles en aquellos años con sorna no exenta de cariño: de la carcoma gaditana a la santanderina. Todo esto se ha arreglado con el paso del tiempo y la modernización del país, algo que siempre apreció en sus numerosas visitas. Todavía recuerdo que, tras una conferencia que impartí en Londres, nos llevó a todos a un restaurante español en el que servían boquerones, jamón, aceitunas, queso, vino de Rioja, etcétera. Recuerdo bien su risa contenida y su ironía fina, con la que nunca faltó a nadie pero siempre puso una duda escéptica en todo aquello que se afirmaba con énfasis excesivo. Y recuerdo su mirada cuando lo hacía: pícara y a la vez inteligente.
Cadalso le situó en el siglo XVIII y le condujo directamente a Goya. La muerte se ha llevado a Glendinning sin dejarle escribir el libro que deseaba publicar sobre el pintor aragonés. Era el historiador que más sabía sobre Goya y su tiempo, pero, aparte del clásico Goya y sus críticos (1977, inglés; 1983, castellano), sus textos son artículos por lo general breves —deseé editarlos, pero la muerte ha llegado antes—, testimonio de su interés en articular literatura y pintura, brillantes y rigurosos en la interpretación de los retratos, las pinturas negras,Caprichos y Disparates. Y profundamente preocupado cuando el Prado descatalogó El coloso, un proceder para el cual no creía que se hubieran hecho los estudios suficientes.
Goya formaba parte de la vida moderna, también de su vida. No era solo un pintor. Siéndolo, sus imágenes hablan del juego de lo popular y de lo culto, de la sátira y el elogio, de la oscuridad, la penumbra y la luz, del ridículo y del drama. Glendinning escribió que sus obras despiertan nuestros recuerdos y experiencias, alteran nuestras emociones y perspectivas sobre la vida humana, nuestros valores. Con Goya sentimos el poder del ridículo, sufrimos y nos reímos.
Valeriano Bozal fue catedrático de Historia del Arte Contemporáneo de la Universidad Complutense de Madrid.

domingo, 17 de junio de 2012

Poesía de Góngora


Luis de Góngora



 

Luis de Góngora y Argote (Córdoba, 11 de julio de 1561 – ibídem, 23 de mayo de 1627) fue un poeta y dramaturgo español del Siglo de Oro, máximo exponente de la corriente literaria conocida, más tarde y con simplificación perpetuada a lo largo de siglos, como culteranismo o gongorismo, cuya obra será imitada tanto en su siglo como en los siglos posteriores en Europa y América. Como si se tratara de un clásico latino, sus obras fueron objeto de  exégesis  ya en su misma época. (Wikipedia)

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viernes, 16 de diciembre de 2011

ANTOLOGÍA LITERARIA DEL SIGLO XVIII (sapiens.ya.com)


1.- POESÍA
Tomás de Iriarte (Fábula)
Sin reglas de arte,
el que en algo acierta,
acierta por casualidad.
Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un Borrico
por casualidad.
Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.
Acercóse a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
"¡Oh! -dijo el Borrico-:
¡Qué bien sé tocar!
¡Y dirán que es mala
la música asnal!"
Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.
Félix María Samaniego (Fábula)
Cantando la Cigarra
pasó el verano entero,
sin hacer provisiones
allá para el invierno;
los fríos la obligaron
a guardar el silencio
y a acogerse al abrigo
de su estrecho aposento.
Viose desproveída
del preciso sustento:
sin mosca, sin gusano,
sin trigo y sin centeno.
Habitaba la hormiga
allí tabique en medio,
y con mil expresiones
de atención y respeto
le dijo: "Doña hormiga,
pues que en vuestro granero
sobran las provisiones
para vuestro alimento,
prestad alguna cosa
con que viva este invierno
esta triste Cigarra,
que, alegre en otro tiempo,
nunca conoció el daño,
nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme;
que fielmente prometo
pagaros con ganancias,
por el nombre que tengo."
La codiciosa Hormiga
respondió con denuedo,
ocultando a la espalda
las llaves del granero:
"¡Yo prestar lo que gano
con un trabajo inmenso!
dime, pues, holgazana,
¿qué has hecho en el buen tiempo?"
"Yo, dijo la Cigarra,
a todo pasajero
cantaba alegremente,
sin cesar ni un momento."
"¡Hola!, ¿conque cantabas
cuando yo andaba al remo?
Pues ahora que yo como,
baila, pese a tu cuerpo."
Meléndez Valdés
La mañana de San Juan
Mañanita de San Juan
por el prado de la aldea
a celebrarla se salen
pastores y zagalejas.
Bailándolas ellos vienen 5
con mil mudanzas y vueltas,
y cantando mil tonadas
del dulce amor vienen ellas.
Unos el suyo encarecen
en bien sentidas ternezas, 10
y otros con agudas chanzas
bulliciosos las alegran.
Los que son más entendidos,
cortesanos les presentan
la mano para apoyarse 15
con delicada fineza.
No hay corazón que esté triste
ni voluntad que esté exenta:
todo es amores el valle,
los zagales, todo fiesta. 20
Cuál saltando se adelanta,
cuál burlando atrás se queda,
y cuál en medio de todas
repica la pandereta.
El crótalo y tamborino 25
con la alegre flauta alternan,
y el regocijo y las vivas
suben hasta las estrellas.
Unos de trébol y flores
y misteriosa verbena 30
sus cándidas sienes ciñen,
matizan sus rubias trenzas;
otros por detrás sus ojos
con un lienzo arteros vendan,
y del juego alegres ríen 35
si con el engaño aciertan;
y otros, de menuda juncia
tejiendo blandas cadenas,
hacen como que las prenden
y en sus lazos más se enredan. 40
Aquél deshojando rosas
en el seno se las echa,
y aquél en el suyo guarda
las que a su nariz acercan.
Cuáles alzando los ramos 45
en triunfo de amor las llevan,
y cuáles porque los pisen
de ellos el camino siembran.
Así llegan a la fuente
que el gran álamo hermosea 50
con su pomposo ramaje,
do en alegre paz se asientan.
El gusto y júbilo crecen;
la risa y el placer vuelan
de boca en boca, y más vivos 55
canto y danzas se renuevan.
La Aurora, de su albo seno
rosas derramando y perlas,
cede el cielo al sol que asoma
y se para y las contempla; 60
y en medio su trono de oro
por las lucientes esferas
ostentando de sus llamas
la inagotable riqueza,
este día más hermoso 65
parece que da a la tierra
más rica luz, y a las flores
alegría y vida nueva.
Con la fiesta y el bullicio
las avecillas despiertan, 70
pueblan y animan los aires,
y la nueva luz celebran.
Todo, en fin, se goza y ríe:
fuentes, árboles, praderas,
selváticos brutos, hombres, 75
el júbilo en todos reina.
Libre en tanto el Amor vaga,
nadie sus tiros recela.
El campo, el día, la hora,
toda la ilusión aumenta. 80
Todo encanta los sentidos:
por una llanada inmensa
vaga la vista; las aves
con sus trinos embelesan;
entre el grato cefirillo 85
el labio aromas alienta,
el tacto en delicias nada,
y el pecho inflamado anhela,
gratamente así corriendo
por las agitadas venas 90
del placer la suave llama,
que a todos arrastra y ciega.
La ocasión brinda al deseo,
las miradas son más tiernas,
los requiebros más ardientes, 95
más picante la agudeza.
Nadie desairado llora,
ni enojar amando tiembla;
el baile mismo autoriza
mil cariñosas licencias. 100
Quién rendido se declara,
quién tierno la mano premia
de su amada, y quién le roba
un beso al dar una vuelta,
beso de que no se ofende 105
la zagala más severa,
pues fueran culpa este día
el rigor o la tibieza.
Todos arden y suspiran,
todo se aplaude y festeja; 110
la timidez es osada,
menos cauta la modestia.
Y entre tantos regocijos,
un pastor a quien las nuevas
de su dulce bien faltaban 115
cantó angustiado esta letra:
Ya no hay, zagales, amor,
que lo acabara el olvido.
Nada de Fili he sabido
y tiemblo su disfavor; 120
ausente estoy, fui querido:
¡Ved si es justo mi dolor!


También yo un tiempo dichoso
cual ora os gozáis me vi,
y en mi embeleso amoroso 125
alegre canté y reí
a par de mi dueño hermoso.
Después que dejé su lado
perdí la dicha y el gusto;
y hoy con más grave cuidado, 130
al ver su silencio injusto,
sólo exclamo desolado:

Ya no hay, zagales, amor,
que lo acabara el olvido.
Nada de Fili he sabido 135
y tiemblo su disfavor;
ausente estoy, fui querido:
¡Ved si es justo mi dolor!
2.- PROSA. EL ENSAYO
José Cadalso
Cartas MarruecasEn este libro, el autor hace un análisis de las costumbres y carácter de los españoles. Para ello utiliza a un personaje marroquí llamado Gazel, que está de viaje por España y escribe una serie de cartas a su amigo y maestro Ben-Beley y en ellas le explica todo lo que observa en sus viajes.
La crítica que Cadalso hace de nuestras costumbres, tradiciones, instituciones, etc. nunca es dura ni extremada. Su postura es la de un pensador equilibrado, partidario de conservar lo mejor de nuestras tradiciones y de incorporar, al mismo tiempo, los progresos de otros países.

Carta IV

Del mismo al mismo
Los europeos del siglo presente están insufribles con las alabanzas que amontonan sobre la era en que han nacido. Si los creyeras, dirías que la naturaleza humana hizo una prodigiosa e increíble crisis precisamente a los mil y setecientos años cabales de su nueva cronología. Cada particular funda una vanidad grandísima en haber tenido muchos abuelos no sólo tan buenos como él, sino mucho mejores, y la generación entera abomina de las generaciones que le han precedido. No lo entiendo.
Mi docilidad aun es mayor que su arrogancia. Tanto me han dicho y repetido de las ventajas de este siglo sobre los otros, que me he puesto muy de veras a averiguar este punto. Vuelvo a decir que no lo entiendo; y añado que dificulto si ellos se entienden a sí mismos.
Desde la época en que ellos fijan la de su cultura, hallo los mismos delitos y miserias en la especie humana, y en nada aumentadas sus virtudes y comodidades. Así se lo dije con mi natural franqueza a un cristiano que el otro día, en una concurrencia bastante numerosa, hacía una apología magnífica de la edad, y casi del año, que tuvo la dicha de producirle. Espantose de oírme defender la contraria de su opinión; y fue en vano cuanto le dije, poco más o menos del modo siguiente:
[...]
«Aunque todo esto no fuese así en varias partes de Europa, ¿puedes dudarlo respecto de la tuya? La decadencia de tu patria en este siglo es capaz de demostración con todo el rigor geométrico. ¿Hablas de población? Tienes diez millones escasos de almas, mitad del número de vasallos españoles que contaba Fernando el Católico. Esta disminución es evidente. Veo algunas pocas casas nuevas en Madrid y tal cual ciudad grande; pero sal por esas provincias y verás a lo menos dos terceras partes de casas caídas, sin esperanza de que una sola pueda algún día levantarse. Ciudad tienes en España que contó algún día quince mil familias, reducidas hoy a ochocientas. ¿Hablas de ciencias? En el siglo antepasado tu nación era la más docta de Europa, como la francesa en el pasado y la inglesa en el actual; pero hoy, del otro lado de los Pirineos, apenas se conocen los sabios que así se llaman por acá. ¿Hablas de agricultura? Ésta siempre sigue la proporción de la población. Infórmate de los ancianos del pueblo, y oirás lástimas. ¿Hablas de manufacturas? ¿Qué se han hecho las antiguas de Córdoba, Segovia y otras? Fueron famosas en el mundo, y ahora las que las han reemplazado están muy lejos de igualarlas en fama y mérito: se hallan muy en sus principios respecto a las de Francia e Inglaterra».
Me preparaba a proseguir por otros ramos, cuando se levantó muy sofocado el apologista, miró a todas partes y, viendo que nadie le sostenía, jugó como por distracción con los cascabeles de sus dos relojes, y se fue diciendo:
-No consiste en eso la cultura del siglo actual, su excelencia entre todos los pasados y venideros, y la felicidad mía y de mis contemporáneos. El punto está en que se come con más primor; los lacayos hablan de política; los maridos y los amantes no se desafían; y desde el sitio de Troya hasta el de Almeida, no se ha visto producción tan honrosa para el espíritu humano, tan útil para la sociedad y tan maravillosa en sus efectos como los polvos sampareille inventados por Mr. Friboleti en la calle de San Honorato de París.
-Dices muy bien -le repliqué-; y me levanté para ir a mis oraciones acostumbradas, añadiendo una, y muy fervorosa, para que el cielo aparte de mi patria los efectos de la cultura de este siglo, si consiste en lo que éste ponía su defensa.
Jovellanos
Memoria para el arreglo de la policía de espectáculos y diversiones públicas

Juegos de pelota

Los juegos públicos de pelota son asimismo de grande utilidad, pues sobre ofrecer una honesta recreación a los que juegan y a los que miran, hacen en gran manera ágiles y robustos a los que los ejercitan y mejoran, por tanto, la educación física de los jóvenes. Puede decirse lo mismo de los juegos de bolosbochastejuelo y otros. Las corridas de caballosgansos y gallos, las soldadescas, y comparsas de moros y cristianos y otras diversiones generales son tanto más dignas de protección cuanto más fáciles y menos exclusivas, y por lo mismo merecen ser arregladas y multiplicadas. Se clama continuamente contra los inconvenientes de semejantes usos, pero ¿qué objeto puede ser más digno del desvelo de una buena policía? ¡Rara desgracia, por cierto, la de no hallar medio en cosa alguna! ¿No le habrá entre destruir las diversiones a fuerza de autoridad y restricciones, o abandonarlas a una ciega y desenfrenada licencia?
Acaso cuanto he dicho será oído con escándalo por los que miran estos objetos como frívolos e indignos de la atención de la magistratura. ¿Puede nacer este desdén de otra causa que de inhumanidad o de ignorancia, de no ver la relación que hay entre las diversiones y la felicidad pública o de creer mal empleada la autoridad cuando labra el contento de los ciudadanos? Llena nuestra vida de tantas amarguras, ¿qué hombre sensible no se complacerá en endulzar algunos de sus momentos?
3.- EL TEATRO
LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
EL SÍ DE LAS NIÑAS: DonDiego, un caballero de 59 años, va a casarse con Francisca, de 16 años, que acaba de salir de un convento de monjas donde estaba estudiando. El matrimonio ha sido preparado por la madre de la chica, Dña. Irene, sin contar con ella que ya está enamorada del joven Carlos, sobrino del caballero. Éste descubre el asunto y renuncia, con mucho sacrificio, a su matrimonio; puesto que ve más natural que la muchacha se case con un joven de su edad que con un viejo como él.
ACTO III. ESCENA VIII
DON DIEGO.- ¿Usted no habrá dormido bien esta noche?
DOÑA FRANCISCA.- No, señor. ¿Y usted?
DON DIEGO.- Tampoco.
DOÑA FRANCISCA.- Ha hecho demasiado calor.
DON DIEGO.- ¿Está usted desazonada?
DOÑA FRANCISCA.- Alguna cosa.
DON DIEGO.- ¿Qué siente usted? (Siéntase junto a DOÑA FRANCISCA.)
DOÑA FRANCISCA.- No es nada... Así un poco de... Nada... no tengo nada.
DON DIEGO.- Algo será, porque la veo a usted muy abatida, llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la quiero tanto?
DOÑA FRANCISCA.- Sí, señor.
DON DIEGO.- Pues ¿por qué no hace usted más confianza de mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de complacerla?
DOÑA FRANCISCA.- Ya lo sé.
DON DIEGO.- ¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo, no desahoga con él su corazón?
DOÑA FRANCISCA.- Porque eso mismo me obliga a callar.
DON DIEGO.- Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de su pesadumbre de usted.
DOÑA FRANCISCA.- No, señor; usted en nada me ha ofendido... No es de usted de quien yo me debo quejar.
DON DIEGO.- Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted acá... (Acércase más.) Hablemos siquiera una vez sin rodeos ni disimulación... Dígame usted: ¿no es cierto que usted mira con algo de repugnancia este casamiento que se la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen a usted entera libertad para la elección no se casaría conmigo?
DOÑA FRANCISCA.- Ni con otro.
DON DIEGO.- ¿Será posible que usted no conozca otro más amable que yo, que la quiera bien, y que la corresponda como usted merece?
DOÑA FRANCISCA.- No, señor; no, señor.
DON DIEGO.- Mírelo usted bien.
DOÑA FRANCISCA.- ¿No le digo a usted que no?
DON DIEGO.- ¿Y he de creer, por dicha, que conserve usted tal inclinación al retiro en que se ha criado, que prefiera la austeridad del convento a una vida más...?
DOÑA FRANCISCA.- Tampoco; no señor... Nunca he pensado así.
DON DIEGO.- No tengo empeño de saber más... Pero de todo lo que acabo de oír resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no tiene queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la estimo, que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie dispute su mano... Pues ¿qué llanto es ése? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco? ¿Son éstas las señales de quererme exclusivamente a mí, de casarse gustosa conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor? (Vase iluminando lentamente la escena, suponiendo que viene la luz del día.)
DOÑA FRANCISCA.- Y ¿qué motivos le he dado a usted para tales desconfianzas?
DON DIEGO.- ¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de usted sigue aprobándola y llega el caso de...
DOÑA FRANCISCA.- Haré lo que mi madre me manda, y me casaré con usted.
DON DIEGO.- ¿Y después, Paquita?
DOÑA FRANCISCA.- Después... y mientras me dure la vida, seré mujer de bien.
DON DIEGO.- Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted me considera como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su dolor? Y no para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para emplearme todo en su consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen tanto.
DOÑA FRANCISCA.- ¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.
DON DIEGO.- ¿Por qué?
DOÑA FRANCISCA.- Nunca diré por qué.
DON DIEGO.- Pero ¡qué obstinado, qué imprudente silencio!... Cuando usted misma debe presumir que no estoy ignorante de lo que hay.
DOÑA FRANCISCA.- Si usted lo ignora, señor Don Diego, por Dios no finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte.
DON DIEGO.- Bien está. Una vez que no hay nada que decir, que esa aflicción y esas lágrimas son voluntarias, hoy llegaremos a Madrid, y dentro de ocho días será usted mi mujer.
DOÑA FRANCISCA.- Y daré gusto a mi madre.
DON DIEGO.- Y vivirá usted infeliz.
DOÑA FRANCISCA.- Ya lo sé.
DON DIEGO.- Ve aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se llama criar bien a una niña: enseñarla a que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan honestas luego que las ven instruidas en el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de tener influencia alguna en sus inclinaciones, o en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo mandan, un sí perjuro (96), sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo.
DOÑA FRANCISCA.- Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de nosotras, eso aprendemos en la escuela que se nos da... Pero el motivo de mi aflicción  es mucho más grande.
DON DIEGO.- Sea cual fuere, hija mía, es menester que usted se anime... Si la ve a usted su madre de esa manera, ¿qué ha de decir?... Mire usted que ya parece que se ha levantado.
DOÑA FRANCISCA.- ¡Dios mío!
DON DIEGO.- Sí, Paquita; conviene mucho que usted vuelva un poco sobre sí... No abandonarse tanto... Confianza en Dios... Vamos, que no siempre nuestras desgracias son tan grandes como la imaginación las pinta... ¡Mire usted qué desorden éste! ¡Qué agitación! ¡Qué lágrimas! Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así..., con cierta serenidad y...? ¿Eh?
DOÑA FRANCISCA.- Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi madre. Si usted no me defiende, ¿a quién he de volver los ojos? ¿Quién tendrá compasión de esta desdichada?
DON DIEGO.- Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es posible que yo la abandonase... ¡criatura!..., en la situación dolorosa en que la veo? (Asiéndola de las manos.)
DOÑA FRANCISCA.- ¿De veras?
DON DIEGO.- Mal conoce usted mi corazón.
DOÑA FRANCISCA.- Bien le conozco. (Quiere arrodillarse; DON DIEGO se lo estorba, y ambos se levantan.)
DON DIEGO.- ¿Qué hace usted, niña?
DOÑA FRANCISCA.- Yo no sé... ¡Qué poco merece toda esa bondad una mujer tan ingrata para con usted!... No, ingrata no; infeliz... ¡Ay, qué infeliz soy, señor Don Diego!
DON DIEGO.- Yo bien sé que usted agradece como puede el amor que la tengo... Lo demás todo ha sido... ¿qué se yo?..., una equivocación mía, y no otra cosa... Pero usted, ¡inocente! usted no ha tenido la culpa.
DOÑA FRANCISCA.- Vamos... ¿No viene usted?
DON DIEGO.- Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré por allá.
DOÑA FRANCISCA.- Vaya usted presto. (Encaminándose al cuarto de DOÑA IRENE, vuelve y se despide de DON DIEGO besándole las manos.)

sábado, 10 de septiembre de 2011

Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín (Madrid, 10 de marzo de 1760 - París, 2 de junio de 1828) fue un dramaturgo y poeta español, el más relevante autor de teatro del siglo XVIII español.

artículo de Wikipedia - Cervantes Virtual (se pueden consultar las obras) - imágenes - vídeos - noticias - Google Books - Rincón castellano - wikisource - wikillerato - wikiquote - El sí de las niñas/Adaptación y guión para el alumnado de edades comprendidas entre 12 y 16 años - "Apuntes teatrales de Leandro Fernández de Moratín en su viaje a Italia" por Ricardo Rodrigo Mancho - "Juan Gálvez y Leandro Fernández de Moratín. Cuatro escenas, obra de Gálvez, inspiradas en las comedias de Moratín" por JUAN MARTÍNEZ CUESTA - Ateneo de Córdoba - LITESNET (Portal de Literatura española en Internet) - Comentario de texto de Selectividad - "EL TRIUNFO DEL TEATRO NEOCLÁSICO (1780-1800): LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN" en spanisharts - "El siglo XVIII" en Trivium - "LA OBRA DE NICOLÁS FERNÁNDEZ DE MORATÍN REVISADA POR SU HIJO LEANDRO: EL AUTÓGRAFO DE LAS OBRAS POSTUMAS CONSERVADO EN LA BIBLIOTECA MADRILEÑA DE BARTOLOMÉ MARCH" por Belén TEJERINA (Universidad de Padua) - Poemas - "LOS SONETOS DE LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN" (Algunas observaciones)Breve comentario de El sí de las niñas por Mario López Asenjo en MasterLengua 


viernes, 12 de agosto de 2011

Ramón de la Cruz



Fuera de su periodo inicial en que escribió traducciones, imitaciones y adaptaciones de trágicos franceses e italianos (Racine, Voltaire, Ducis, Beaumarchais, Metastasio y Apostolo Zeno), escribió también comedias (Marta abandonada) y zarzuelas (El tutor enamorado; Las segadoras de Vallecas, 1768; Las labradoras de Murcia, 1769; Las foncarraleras, 1772; El licenciado Farfulla, 1776, etc.), si bien es sobre todo conocido por su obra de la última época, los más de 300 sainetes que escribió (pequeños apuntes costumbristas de asunto humorístico, llenos de música y canciones, compuestos con agilidad y gracia en verso), en los que trata y retrata al Madrid de su tiempo. El más famoso es seguramente Manolo, donde se parodian las comedias heroicas que eran pasto habitual de los teatros de ese tiempo, describiendo con lenguaje arrabalero y propio de los bajos fondos el regreso de un hampón recién salido de la cárcel a Madrid desde un presidio africano, ambientes que Ramón de la Cruz conocía bien (fue funcionario de prisiones y vivió en Ceuta) y parodiando las situaciones trágicas de dichas comedias.


artículo de wikipedia - Cervantes Virtual - obras en Cervantes Virtual - imágenes - Books Google - Liteesnet - "Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla" por A. Robert Lauer -  wikisource - Manolo - "Don Ramón de la Cruz y sus sainetes: víctimas de la bipolaridad historiográfica dieciochista" por Yvonne FUENTES - "Madrid. Sugerencias sobre lo urbano y lo arquitectónico en el teatro de don Ramón de la Cruz" por VIRGINIA TOVAR MARTÍN - "Ramón de la Cruz y Carmontelle" por Francisco Lafarga - "Homero y Ovidio en clave de zarzuela: La Briseida de Ramón de la Cruz" por Vicente Cristóbal "BASES Y TÓPICOS MORALES DE LOS SAÍNETES DE RAMÓN DE LA CRUZ" por Josep María SALA VALLDAURA - "El don de Ramón de la Cruz" por Fernando Doménech - "El cortejo y las figuras del petimetre y el majo en algunos textos literarios y obras pictóricas del siglo XVIII" por Noelia Gómez Jarque - "LAS PIEZAS «MÁGICAS» DE RAMÓN DE LA CRUZ" por Antonietta CALDERONE  

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