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domingo, 19 de agosto de 2012

"El reto poético de la canción" por Santiago Auserón


La unidad originaria que formaron música y poesía quedó rota con el verso libre de la canción

en el siglo XX. El dilema hoy consiste en recuperar el secreto de esa unión.


Bob Dylan (izquierda) con el poeta Allen Ginsberg en Nueva York, en 1964. / DOUGLAS R. GILBERT

Mediado Mediado ell siglo XX culminó un largo proceso de separación del verso escrito respecto de la tradición oral, en la que la música cumplía un papel de soporte y vehículo de la palabra. Se inició en Occidente cuando los antiguos poetas helenos se apartaron del lugar común ciudadano para reelaborar el legado homérico y los viejos mitos. La escritura les proporcionó la posibilidad de cantar sus propias pasiones o el capricho de un tirano dispuesto a pagar generosamente el encomio. Embriagados por la misma tentación de hacer valer su técnica particular, los instrumentos musicales se libraron de la obligación de sostener las pretensiones del discurso. El cantor encargado de preservar la memoria de los tiempos remotos se vio sustituido por especialistas virtuosos en competencia por el favor de la fama.
No conviene sin embargo idealizar la primitiva unidad de la música y del verso, a la manera de Platón. Quizá en las danzas más primitivas se dieran sones ajenos a la articulación verbal y diversas formas de elocución ritmada, más o menos cercanas a la entonación del habla o del canto. La música y el lenguaje comparten un medio sonoro que se presta por naturaleza a la variación gradual de sus formas. El lenguaje mismo puede ser considerado como un caso particular de la producción de sonidos, no exclusivamente como su principio organizador. La voz humana experimenta la atracción de los armónicos naturales que resuenan en su entorno, elabora esa experiencia cuando en el canto se junta con otras voces y con otros instrumentos. Eso no quiere decir que el fenómeno musical abarque el horizonte de posibilidades de la expresión verbal. Por medio del verso escrito, el pensamiento viaja más allá de las consonancias inmediatas. Píndaro defendía con orgullo el valor de sus odas como un sostén de la fama más durable que el pedestal de las estatuas.
La poesía europea reprodujo durante muchos siglos formas relacionadas con la canción, ya fuera popular o cortesana: así ocurrió en Francia con la poesía trovadoresca, en Italia con el soneto, en España con las coplas octosílabas y luego con el verso italiano. En ese proceso, el poema escrito refinó su propia sonoridad y construyó imágenes novedosas, que a menudo los músicos cultivados desearon manipular para enriquecer su inspiración melodiosa, como ocurrió en loslieder germanos. Los cantos ajustados al metro arcaico desaparecieron de la memoria dejando un bastidor en el verso que permitió inventar melodías hechizadas por la imagen poética arriesgada. El terreno que el verso escrito y la música ganan al desenlazarse permite que ambos ensayen de nuevo la aproximación, ensanchando sus respectivos campos de experiencias.
En la soledad de la ciudad industrial superpoblada, el verso escrito se desembaraza de las pervivencias de la métrica antigua y de la rima favorable al canto. Su nueva libertad se mide no sólo en relación con los recursos rítmicos —los pies— y con las formas estróficas recurrentes que comparte con el canto y con la danza, sino también con respecto a los significados habituales de las palabras. Al asociarlas según leyes no explícitas, evoluciona hacia un espacio situado más allá del lenguaje común y de la música conocida. Sin embargo, los poetas se obstinan en tender el oído hacia el horizonte de un improbable auditorio, como si estuviese a punto de producirse una consonancia inaudita, como si el canto comunitario debiera regenerarse en el extremo mismo de su imposibilidad. El verso libre busca su objeto más allá de sí mismo, arrastra el pensamiento a una danza de figuras no ensayadas.


Leonard Cohen durante su concierto en el Palau Sant Jordi de Barcelona, en 2009. En 2011 ganó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras / JOAN SÁNCHEZ
La música instrumental, en su libertad de evolucionar fuera de la medida de la frase significante, ejerce todavía su influjo modélico sobre quien solamente se sirve del instrumento del verbo. Pero la consonancia más tentadora en este punto no es la del periodo rítmico o la de la frase melodiosa, sino la de las imágenes que se asocian de manera novedosa creando un germen de pensamiento. El verso libre musicaliza el significado de las palabras más allá de los límites del sentido. Quiere poner en evidencia la música que palpita en el corazón mismo del lenguaje, provocar la descarga eléctrica en la nube más oscura, una especie de armonía de apariencia sobrenatural, que en realidad revela un inmenso potencial de energía acumulada: la vida secreta de las palabras.
Por otro lado, los poetas contemporáneos conviven, a lo largo de su experiencia solitaria, con los sones que se escuchan en la plaza pública y por la radio. Ambas amplifican tradiciones de otras lenguas, cuando los sones antiguos de la lengua propia se apagan. El momento en que el verso se aleja al máximo de su propia tradición oral y el influjo creciente de los cantos primitivos en lengua extraña coinciden, ambos fenómenos acontecen en la primera mitad del siglo XX. La vieja oralidad retorna en un círculo mucho más amplio que el de la tribu originaria, gracias a las telecomunicaciones. Los cantos populares foráneos se acercan a los moldes ampliados del verso libre con misteriosa familiaridad, como si el eco de las colonizaciones fuera la contrapartida natural del deseo de expansión del poema nacido en la metrópoli.
En este contexto asistimos hoy a una recuperación consciente de las idílicas relaciones entre poesía y canción. Muchos poetas se dejan atraer inevitablemente por el magnetismo de las ondas, mientras algunos cantores aspiran a recobrar el lauro de Apolo puliendo versos en sencillos formatos acústicos internacionales. Hay algo inquietante en esta connivencia aparente, como si se nos estuviese ocultando una parte de la verdad. No resulta del todo verosímil el canto que se alza como si nada hubiera ocurrido durante milenios, recuperando de golpe la oralidad primitiva por medio de las últimas tecnologías, obviando el laborioso trabajo de músicos y poetas que han transformado los antiguos moldes de las lenguas indoeuropeas, y sin necesidad de cuestionarse la naturaleza de la vis sonora que revigoriza el mercado de la canción en la era electrónica.
La canción popular contemporánea se encuentra por tanto en una tesitura problemática. Tiene que reunir sus componentes fundamentales —música y letra—, que han pugnado largamente por independizarse. O mimetizar danzas de una tribu cuya lógica del ritmo aún no comprende. ¿Cómo realizar acercamientos tan improbables en su pequeño marco? ¿Sería de alguna utilidad poner música al poema contemporáneo, recuperar el sentido literal de “cantos” como los de Ezra Pound? ¿Dar un paso atrás buscando los versos más musicales y atrevidos de nuestra lengua, como los de Garcilaso, Juan de la Cruz y Góngora? ¿O acercarse a las rimas del Nuevo Mundo que aún conservan algo de balada céltica, como las de Edgar Poe? Los resultados de esos intentos suelen adolecer de una gratuidad que limita las posibilidades del poema. Poner música a un poema es silenciar en parte la consonancia inaudita que persigue, que rebasa su propia época y cualquier forma de registro de actualidad. Puede ser, en todo caso, un ejercicio recomendable para los escritores de canciones, pero eso no nos exime de la obligación de llevar a cabo nuestra propia tarea.
Es lógico que intentemos mejorar el lenguaje de las canciones, hacerlo más “poético”, pero sólo hasta cierto punto, porque ese intento puede quedarse en corrección estéril. El ejemplo de los poetas, para los autores de canciones, debería asemejarse a su voluntad de ejercer la libertad sonora del músico en su propio terreno. Debería ponerse por meta el llevar su propio lenguaje al límite de sus posibilidades expresivas. Pero el terreno de la canción ha sido devastado, es tierra baldía, sus elementos fundamentales —letra y música— discurren lejos de su alcance. La canción contemporánea, igual que el poema y que la música instrumental, se ha convertido en un medio de expresión tan alejado como ellos de la unidad idílica originaria. Lo específico de la canción es juntar letra y música, resolver la tensión creciente entre lo que puede ser dicho en verso y las formas instrumentales que se prestan a acompañarlo. Su tarea se ve abocada a oscilar entre el vacío del desarraigo y un exceso de soluciones posibles. Del poema tradicional puede tomar las formas que le permitieron asociarse en su época con sones hoy desaparecidos. Del poema contemporáneo, algo de la libertad asociativa que alumbra una red de significaciones inauditas. Del discurso musical fijado por escrito, células rítmicas, melodías, relaciones armónicas o asociaciones tímbricas pasadas por el estrecho tamiz del formato más sencillo. Todo ello difícilmente puede cuajar si no se reproduce el hechizo de un son extranjero en la lengua propia, un influjo comparable al de las ondas electromagnéticas. Quizá para asemejarse al poema o al discurso musical en sus mejores logros la canción deba empezar por renunciar a parecer “poética”. Debe, ante todo, parecer canción, responder a una necesidad difícil de reconocer. Eso implica trascender, en cierto modo, los conceptos de lo musical y de lo poético, rozar los límites de la convención eufónica. En este sentido, los modelos derivados de la negritud siguen teniendo pertinencia.


La cantante de hip hop Ariana Puello en el segundo Festival Cultura Urbana de Madrid, en 2006 / EFE
El fenómeno poético no es exclusivo de la poesía. Tampoco el fenómeno musical se limita a un oficio especializado. El poeta Stéphane Mallarmé identificaba el sentido más universal de la música con la actividad del espíritu. El reencuentro de lo musical con lo poético se produce en ese horizonte en el que ambas artes trascienden sus limitaciones. Están destinadas a permanecer enlazadas en su máximo alejamiento, pero no de la forma más evidente. El “espíritu” hacia el que apuntan una y otra no es el fantasma sobrenatural que afirma la palabra sacra: es el murmullo de lo público, de lo político, el pensamiento que se transmite de generación en generación por medio de los sonidos. Los grafismos y las artes visuales fijan en formas de apariencia estable el edificio de la cultura, mientras las artes del sonido se sustentan en la transformación continua, como la vida.
Para alcanzar ese horizonte de confluencia con sus materiales en fuga, la canción contemporánea debe arriesgarse, pero a su modo, con sus propias herramientas, asumiendo sus propias limitaciones. Será poética —esta vez sin comillas— si pone a prueba su propio ámbito enrarecido, su oscuro destino de mercancía, su propia forma precipitada de ser pública, sin tiempo para pensar lo que acontece. El rocanrol junto con sus derivas representa el último intento de la canción popular por ponerse a la altura de su época. Sus precedentes inmediatos forman un entramado intercontinental e interétnico, con marcado influjo del ritmo negro que emerge en el Nuevo Mundo: bossa nova y samba, rhythm & blues, estándar de jazz, blues, son, rumba, trova de Cuba y otros sones caribeños, tango argentino, cante flamenco… Este es el sustrato de la canción popular contemporánea. Debajo yacen las tradiciones poético-musicales de cada lengua. En superficie, las derivas que electrifican el caudal de las palabras sujetas, como en el rap, al ritmo iterativo y a la rima más obvia. Los “poetas” callejeros alcanzan una relativa libertad de pensamiento, el tono de la denuncia social y existencial, benéfico sin duda en relación con las canciones favorecidas por los medios de comunicación, tontas y previsibles. Esa libertad aumentaría con un mejor conocimiento de las técnicas del verso libre y de la polirritmia, pero los riesgos de la calle no suelen dejar tiempo para llevar el aprendizaje más allá de la adolescencia. El rocanrol empezó a decaer como género antes de tiempo, desde el momento en que su acceso al horizonte del pensamiento fue interrumpido por el crecimiento desmedido de su valor como mercancía. Pero en su libertad descarada —practicada durante un breve periodo de veinte años— para capturar elementos de la tradición europea clásica y contemporánea, equiparándolos con el pulso de África, con los refinamientos de Oriente, careándose con el ruido de la ciudad motorizada, con las detonaciones en los informativos, con el griterío de los mercados, ha dejado señales en el camino que tendremos que seguir recorriendo, si se apaciguan el bullicio y la polvareda. Reconocer la pista de la tradición, próxima o remota, es entretanto la única tarea posible.

lunes, 2 de julio de 2012

Las mejores canciones basadas en libros



Alfredo Álamo en Lecturalia
Iron Maiden H. P. Lovecraft
La literatura no sólo es una gran influencia para cineastas dentro del mundo del arte y su presencia también se puede apreciar de manera muy clara en la música, que se ha erigido como uno de los grandes componentes, junto al cine, de la cultura popular contemporánea. Así pues no nos debería sorprender que muchos grupos hayan basado sus canciones en las novelas, cuentos y poemas más importantes o conocidas de las últimas décadas.
Uno de los autores cuyo legado ha tocado especialmente al mundo de la música esGeorge Orwell, quizá por su carácter contestatario que conecta con esa rebeldía que, sobre todo hace unos años, tenían como bandera muchos grupos. 1984 ha sido especialmente utilizada como fuente de inspiración por grupos como Muse (The Resistance) o Radiohead (2+2=5). Por su parte, Pink Floyd grabó Animals tomando como base su famosa novela Rebelión en la granja.
Pero hay otras muchas canciones basadas en libros, como por ejemplo Killing an Arab, de The Cure, basada (más o menos) en El extranjero de Camus, o Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë, cuya versión musical a cargo de Kate Bush es difícil de olvidar. LaVelvet Undeground también se lanzó a la literatura, y al desafío contra el sistema, que es lo que estaba de moda, con su Venus in Furs, influencia directa de Sacher-Masoch y suVenus de las pieles.
Tenemos grupos musicales con gran afición a esto de adaptar novelas y relatos. Iron Maiden, por ejemplo, ha sacado temas con referencias a autores como H. P. Lovecraft,Orson Scott CardEdgar Allan Poe o Frank Herbert y su DuneBlind Guardian tienediscos temáticos dedicados al Señor de los Anillos Metallica también ha compuesto temas sobre textos de Lovecraft y Poe.
No podemos olvidar éxitos menos conocidos basados en libros tampoco muy comunes, como el Atrocity Exhibition, de Joy Division, que tiene algunos toques de la obra de Ballard, o El Gravity’s Rainbow de los Klaxons, referencia directa a El arco iris de la gravedad, de Thomas Pynchon.
En castellano tenemos ejemplos también, como el famoso tema de Radio Futura Annabel Leebasada en el poema de Poe, o la genial versión de La nana de la cebolla, de Miguel Hernández cantada por Serrat. Sin embargo, haciendo memoria, la mayoría de las canciones en español están sacadas de poemas y menos de cuentos o novelas. ¿Recordáis alguna más de este estilo? Os esperamos, como siempre, en los comentarios.
 Autores relacionados:
Albert Camus
Edgar Allan Poe
Emily Brontë
Frank Herbert
George Orwell
 Libros relacionados:
1984
Cumbres borrascosas
El arco iris de gravedad
El extranjero
La exhibición de atrocidades

sábado, 3 de marzo de 2012

Fallece el cantante italiano Lucio Dalla



El músico tenía 68 años
Se encontraba en Suiza por una serie de conciertos

Marcó una etapa de mi vida. Mañana, este piscis, hubiera cumplido 69 años (le hubiera hecho gracia el número). Fue a morir el día de mi cumpleaños. Un gran poeta de la música italiana, unido a otro gran recuerdo. ¡Va por los dos! (EMH)

Otros enlaces:

LUCIA MAGI Bolonia 1 MAR 2012

Como recita su más celebre canción, Lucio Dalla nació en Bolonia el 4 de marzo de 1943 y en tres días iba a cumplir los 69 años. Un ataque al corazón interrumpió su vida y una carrera de casi medio siglo. Dalla se hallaba en el pueblo suizo de Montreux, durante una gira que tenía que llevarle hasta Berlín. Se apaga una de las voces más bellas y dolidas del país transalpino, un punto de referencia para la música de autor a nivel internacional.

Anoche, concluyó su concierto y los amigos que hablaron con él cuentan que "estaba vivísimo, feliz, tranquilo, divertido y en paz consigo mismo", dice Roberto Serra, fotoperiodista boloñés e íntimo amigo del cantante. La última aparición del músico fue en el escenario del Teatro Ariston de Sanremo, hace dos semanas, con motivo del último Festival de la canción italiana. Dalla acompañó al joven cantante Pierdavide Carone: dirigió la orquesta con el tema Naní, que él mismo había escrito y apostilló con su voz la exhibición.


Tras participar en el Festival de Sanremo, Dalla había emprendido una de sus habituales giras europeas: el 27 de febrero tocó en Lucerna y después de una segunda etapa en Zurich, había recalado en Montreux. Las siguientes paradas de su viaje le habrían llevado hacia el norte: Basilea, Berna, Ginebra, Lugano, París, Duseldorf, Hamburgo, Bremen, Fráncfort, Luxemburgo, Stuttgart y Múnich.

Humilde, tímido y siempre en busca de nuevos talentos, sus condiciones de salud no despertaron preocupación en el público italiano que le aplaudió en Sanremo. Por eso, en las redes sociales y en los comentarios de la prensa, el afecto se mezcla con la incredulidad por su repentina muerte. Entre los primeros en expresar su tristeza está Lorenzo Cherubini, alias Jovanotti, en Twitter: "Oh no, no, no puedo creerlo". "No puedo pensar que la noticia de su muerte sea cierta", ha escrito Laura Pausini en su perfil de Facebook: "Lucio es el primer artista que me vio cantar, en un restaurante de Bolonia, cuando tenía 8 años. No puedo olvidar cómo me acarició el pelo y me dirigió palabras de ánimo. Ha estado muy cerca en todos estos años y yo le rendí homenaje durante mi última gira, cantando la canción con la que le conocí de pequeña, Piazza Grande". Al que le está costando más superar su muerte es a su gran amigo y colega Francesco De Gregori. "Este es un momento tristísimo, no quiero hablar con nadie", dice el cantautor romano que muchas veces compartió escenario con Dalla, sobre todo durante la gira de Banana Republic, el disco publicado por los dos en 1979 que se ha quedado para siempre en la memoria colectiva. "Un gran poeta nos ha dejado - escribe la actriz cómica Sabina Guzzanti, que firmó el documental 'Viva Zapatero' - Nos quedan gran canciones, no el vacío".


Dalla es autor de algunas de las canciones más conocidas de la historia de la música italiana como Come è profundo il mare, Caruso o L'anno che verrá, piezas que todo italiano sabe tatarear y que cuentan, suspendidas en un tono entre melancólico y lúcidamente crítico, sentimientos íntimos y faltas colectivas. Canciones tan famosas también en el extranjero que él mismo las definió como su  "pasaporte en el mundo", durante la entrevista que concedió a la RAI de Bolonia, antes de dejar la ciudad para irse de gira.

Músico, antes que cantante, Dalla amaba tocar el clarín y acercarse a la sonoridad del jazz. Fue precisamente ese el género musical que hospedó sus comienzos y que le llevó a su primera experiencia en un estudio de grabación. Era 1961 y el músico tocaba el clarinete en una versión del tema Telstar de la Second Roman New Orleans Jazz Band. Cinco años después llegó su primer álbum, compuesto con el grupo Gli idoli (Los ídolos) y titulado 1999. Fue el arranque de una trayectoria que le llevó a vender millones de copias de sus discos y a escribir tema como Attenti al lupo, Canzone, Piazza grande o 4/3/1943.

Su otra gran pasión era Bolonia, la ciudad rica y plácida donde nació y vivió. Hoy parece aturdida, perdida, por no haber podido arropar en el último viaje a su querido y orgulloso ciudadano. Lo van a recordar los futbolistas y los tifosi del Bolonia, con su bufanda rojiazul en el estadio Dall'Ara, mientras celebraba y sufría los altibajos del equipo local. Todo el mundo le recuerda paseando por el casco antiguo, duende tierno y extravagante, apoyado a un bastón, con uno de sus muchos gorros calado hasta encima de las gafas, tapando la peluca rubio rojizo. Acudía a los eventos culturales o compraba en el mercado cerca de su casa. En la céntrica calle D'Azeglio, bajo las ventanas cerradas de su amplio piso, empiezan a llegar ramos de flores. Desde el interior de la casa, suenan las notas de sus canciones.

Caruso - Lucio Dalla



Letras traducidas por Sara
 Lucio Dalla en lenliblog








Qui dove il mare luccica
e tira forte il vento
su una vecchia terrazza
davanti al golfo di Surriento
un uomo abbraccia una ragazza
dopo che aveva pianto
poi si schiarisce la voce
e ricomincia il canto.

Te voglio bene assaie
ma tanto tanto bene sai
è una catena ormai
che scioglie il sangue dint'e vene sai³.

Vide le luci in mezzo al mare
pensò alle notti là in America
ma erano solo le lampare*
e la bianca scia di un' elica.
Sentì il dolore nella musica,
si alzò dal pianoforte
ma quando vide la luna uscire da una nuvola
gli sembrò dolce anche la morte.
Guardò negli occhi la ragazza,
quegli occhi verdi come il mare,
poi all'improvviso uscì una lacrima
e lui credette di affogare.

Te voglio bene assaie
ma tanto tanto bene sai
è una catena ormai
che scioglie il sangue dint'e vene sai.

Potenza della lirica
dove ogni dramma è un falso
che con un po' di trucco e con la mimica
puoi diventare un altro.
Ma due occhi che ti guardano
così vicini e veri
ti fan scordare le parole,
confondono i pensieri.
Così diventa tutto piccolo,
anche le notti là in America,
ti volti e vedi la tua vita
come la scia di un'elica.
Ma sì, è la vita che finisce,
ma lui non ci pensò poi tanto
anzi si sentiva già felice
e ricominciò il suo canto.

Te voglio bene assaie
ma tanto tanto bene sai
è una catena ormai
che scioglie il sangue dint'e vene sai
(x2)




Aquí donde el mar reluce
y sopla fuerte el viento
sobre una vieja terraza
frente al golfo de Sorrento
un hombre abraza a una muchacha
después de que había llorado
luego se aclara la voz
y vuelve a dar comienzo al canto.

Te quiero mucho,
pero mucho, mucho, sabes...
es un cadena ahora
que funde la sangre en las venas, sabes...

Vió las luces dentro del mar,
pensó en las noches allí en América
pero sólo era el reflejo de algunos barcos
y la blanca estela de una hélice.
Sintió el dolor en la música,
se levantó del piano
pero cuando vió la luna salir tras una nube
le pareció dulce incluso la muerte.
Miró en los ojos la muchacha,
esos ojos tan verdes como el mar
luego de repente salió una lágrima
y él creyó de ahogar.

Te quiero mucho
pero mucho, mucho, sabes...
es un cadena ahora
que funde la sangre en las venas, sabes...

Fuerza de la lírica
donde cada drama es un falso,
donde con un buen maquillaje y con la mímica
puedes llegar a ser otro.
Pero dos ojos que te miran
tan cercanos y tan auténtícos,
te hacen olvidar palabras,
confunden pensamientos.
Así todo parece tan pequeño,
también las noches allí en América
miras atrás y ves tu vida
como la estela de una hélice.
Sí, es la vida que se acaba
sin embargo él no lo pensó tanto
por el contrario, se sentía ya feliz
y volvió a comenzar su canto.

Te quiero mucho
pero mucho, mucho, sabes...
es un cadena ahora
que funde la sangre en las venas, sabes...
(x2)

¹Caruso es el appellido de un famoso cantante napolitano (Enrico Caruso) de Sorrento, una ciudad cerca del golfo de Nápoles.

²HISTORIA DE LA CANCION "CARUSO"- La primera y original versión de esta canción fue escrita y cantada por Lucio Dalla, que dedicó esta canción a Caruso después de haber estado en Sorrento y haber quedado impresionado por la belleza de esta ciudad. 
A Lucio Dalla se le estropeó el barco y en Sorrento solo había disponible el lujoso apartamento en el Grand Hotel Excelsior Vittoria, donde Caruso vivió los dos últimos meses de su vida y donde se conservaban intactos sus libros, sus fotografías y su piano.
Angelo, que tenía un bar en el puerto le contó esta historia ... y él nos la regala con música. Caruso estaba enfermo de cáncer en la garganta y sabía que tenía los días contados pero eso no le impedía dar lecciones de canto a una joven de la cual estaba enamorado. Una noche de mucho calor no quiso renunciar a cantar para ella que lo miraba con admiración, así que, aún encontrándose mal, hizo llevar el piano a la terraza que daba al puerto y empezó a cantar una apasionada declaración de amor y sufrimiento. Su voz era potente y los pescadores, oyéndole, regresaron al puerto y se quedaron anclados bajo la terraza. Las luces de las barcas eran tantas que parecian estrellas o quizás las luces de los rascacielos de Nueva York... Caruso no perdió las fuerzas y siguió cantando sumergiéndose en los ojos de la muchacha apoyada al piano. Esa noche su estado empeoró. Dos días más tarde, el 2 de agosto de 1921, moría en Nápoles. Esta canción narra el drama de esa noche... con luces y sombras del pasado... con muerte y vida...
un hombre enfermo que busca en los ojos de la muchacha un futuro que ya no existe...
un testamento de amor... este fue su último concierto... y este fue su excepcional público... el mar, las estrellas, los pescadores, las luces de las barcas y su amada... Fuente: nuevopatio.blogspot.com

³El estribillo de la canción no está en italiano, sino en el dialecto napolitano... ¡por eso cuesta mucho entenderlo!

*Lampàra: es un tipo de iluminación que los pescadores usan para ir a pescar por la noche y que ha dado el nombre también a los mismos barcos de pescadores.

domingo, 11 de abril de 2010

Canción pitagórica

Los diez números árabes se reunieron ayer en Roma para dedicar una bonita canción sobre ellos mismos a Pitágoras, el griego que relacionó las matemáticas y la música: "Sin él, nunca nos habríamos conocido", dijo el número 3 a la nota fa.




El 1 es un soldado haciendo la instrucción.
El 2 es un patito que está tomando el sol.
El 3 es una serpiente que baila sin cesar.
El 4 es una silla que invita a descansar.
El 5 tiene orejas, parece un conejito.
El 6 es una pera, redonda y con rabito.
El 7 es un sereno con gorra y con bastón.
El 8 son las gafas que lleva Don Ramón.
El 9 es un globito atado a un cordel,
y el 10 un tiovivo para pasarlo ¡bieeen!


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