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viernes, 25 de enero de 2013

Vuelve ‘Proa’: rescate de la revista literaria fundada por Borges por Mauricio Vicent (El País)

Una edición facsimilar recupera la segunda etapa de la revista ‘Proa’
En julio de 1924 el escritor argentino Jorge Luis Borges regresó a Buenos Aires después de su segundo viaje a Europa, de un año de duración. Tenía 25 años y volvía a casa con la cabeza llena de ismos y pájaros literarios, aunque ya por entonces se había alejado del vanguardismo ultraísta y exploraba otros terrenos más jugosos, como el criollismo urbano y la construcción de una mitología de lo propio, junto al redescubrimiento de los clásicos antiguos y modernos. Borges había editado ya Fervor de Buenos Aires (1923) y antes impulsó la publicación de las hojas de Prisma y la revista Proa en su primera etapa (tres números, entre 1922 y 1923), plataforma del ultraísmo en América. Sin embargo, cuando en agosto de 1924 él y otros tres jóvenes escritores argentinos —Alfredo Brandán, Ricardo Güiraldes y Pablo Rojas Paz— refundan Proa, inician una aventura literaria de vanguardia que iría mucho más allá de la influencia ultraísta y que, en sus 15 números y dos años escasos de vida, dio cabida en el mismo espacio a corrientes luego irreconciliables.
Este legado “inclusivo” de Proa acaba de ser rescatado en una cuidada edición facsimilar a cargo de Anthony Stanton y Rose Corral, investigadores del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México. Además de reproducir los 15 números de la segunda etapa de Proa con sus portadas originales, los académicos realizan un ensayo introductorio en el que reivindican la importancia de la publicación en aquellos momentos de efervescencia cultural, cuando varias pequeñas revistas, a cada cual más iconoclasta y excluyente, pugnaban por hacer valer su voz y su respectivo ismo a ambos lados del río de la Plata.
En 1924 acababa de aparecer el periódico Martín Fierro, “demoledor en su irreverencia y en su afán crítico”, según Stanton. Lo curioso, afirma, es que “los mismos escritores argentinos colaboraban en los dos lugares, pero el carácter de lo que publicaban era distinto en cada caso”. “En la segunda Proa brilla el arte de evitar las polémicas y su afán de construcción plural, rasgos que la alejan de la típica revista vanguardista, que suele practicar un sectarismo dogmático”, indica Corral.
Pero ¿quienes eran los colaboradores de Proa? Desde luego, los escritores argentinos y americanos más valiosos del momento, empezando por Borges y los otros directores de la revista, además de Macedonio Fernández, Roberto Arlt, Neruda o Villaurrutia, también Lorca, Ramón Gómez de la Serna, Guillermo de Torre o Benjamín Jarnés, entre los españoles, y representantes del neosimbolismo francés (hay espléndidos poemas de Jules Supervielle, Saint-John Perse y Jules Romains).
Para ilustrar sus páginas hace caricaturas y grabados Norah Borges (hermana del escritor), y también el pintor argentino Xul Solar saluda “la aventura y la hazaña” de la aparición de Proa con un cuadro del mismo nombre. En el óleo aparecen “tres hombres, lanzas en mano, colocados en la proa de un barco y dispuestos a enfrentar las adversidades que les esperan en alta mar: serpientes erguidas, amenazadoras, y ondas dentadas”, una buena metáfora del espíritu de la publicación, creen los autores del ensayo, que destacan la carta enviada por los directores de Proa a un grupo de escritores latinoamericanos en 1925: “Trabajamos en el sitio más libre y más duro del barco, mientras en los camarotes duermen los burgueses de la literatura”.
“Hay un afán claro de trascender el vanguardismo cosmopolita y acceder a una modernidad universal desde las condiciones específicas de la cultura local”, aseguran Stanton y Corral. En aquellos años los distintos ismos eran radicalmente iconoclastas y promovían la experimentación, la ruptura. Y en su mismo título, Proa, asume ese espíritu pionero, pero “lo maravilloso es ver cómo en su travesía la revista fue dando a conocer un enorme universo que puede concebirse como un espejo de la modernidad: el romanticismo visionario (en los poemas de Marechal), la metafísica criolla de Macedonio Fernández, la narrativa de las orillas de Buenos Aires que empezó a fraguar Roberto Arlt, el americanismo estético de Güiraldes, ciertas nostalgias posmodernistas, el neosimbolismo francés, los poemas creacionistas del chileno Juan Marín, la nueva vanguardia de Neruda. En un momento los directores de la revista dicen que el único ismo que rige su brújula es el individualismo”.
Joyas en Proa hay muchas. La traducción de Borges de la última página del Ulises y su ensayo pionero sobre la obra de Joyce, o su proyecto criollista —del que luego renegaría— presente en el texto La pampa y el suburbio son dioses, publicado en el último número de la revista. En él declara: “En cuatro cosas creemos: en que la pampa es un sagrario, en que el primer paisano es muy hombre, en la reciedumbre de los malevos, en la dulzura generosa del arrabal”. Otras perlas son las prosas de Macedonio o los versos precoces de Raúl González Tuñón, que publica un poema de ambiente prostibulario, Maipú Pigalle, “sorprendente negación del tango, escrito a los 19 años”, cuenta Stanton. La edición facsimilar, una colaboración de la Bibliteca Nacional de Buenos Aires y la Fundación Jorge Luis Borges, pretende que Proa zarpe de nuevo para rescatar su legado y también, aseguran Stanton y Corral, “para ofrecer a los lectores un abanico de obras perdurables, muchas tan frescas hoy como lo fueron ayer”.

sábado, 5 de mayo de 2012

“Los libros me han salvado la vida en varias ocasiones”


DESAYUNO CON... PEPA FERRANDO

Apasionada por la literatura, acaba de abrir en Dénia una librería para títulos escogidos

MAURICIO VICENT Dénia 2 MAY 2012 - 22:40 . El País

Archivado en: Dénia Librerías Libreros Provincia Alicante Industria cultural Comunidad Valenciana España Cultura

Pepa Ferrando ha abierto
 en Dénia una librería
para títulos escogidos.
 / L. FARAIG

En estos tiempos que corren, cuando rebelarse contra la crisis y abrir un negocio nuevo puede considerarse un acto heroico, más si se trata de una pequeña librería en un país donde la gente lee poco y la industria del libro es exprimida como un limón en las grandes superficies, lo que acaba de hacer Pepa Ferrando en Dénia tiene mucho mérito. Por tercera vez en su vida, a contracorriente y sin reparar en el pesimismo general ni en augurios paralizantes, esta mujer mediterránea ha sacado fuerzas de sí misma y de su pasado más sufrido para abrir una librería de toda la vida, pequeña y cuidada hasta el último anaquel y el último recoveco, con volúmenes elegidos por razones muy pensadas. Ambra es una realidad desde Semana Santa, y lo es por una cuestión de “elemental coherencia”. “A mí los libros me han salvado la vida en varias ocasiones”, asegura con una sonrisa nada más encontrarnos.

Desayunamos dos cocas de tomate y berenjena en el mercado de Dénia, pueblo de vacaciones de Levante cercano al valle de Pego, el lugar donde nació y donde se cultivan las mejores hortalizas de la comarca. Pepa aterrizó en este mundo el 5 de agosto de 1945, el mismo día que cayó la bomba atómica en Hiroshima, y desde el principio su vida estuvo marcada por el trabajo duro y el sacrificio. Su padre era un rudo agricultor. Su madre, enferma del corazón, estuvo más de una década postrada en una cama y durante ese tiempo la cuidó día y noche y durmió con ella en su cuarto. “A los ocho años me enseñaron a hacer pan y arroz al horno y a ocuparme de las labores de la casa, en eso se me fue la infancia y la adolescencia”.

Casi no pudo ir a la escuela, pero la maestra le traía las tareas por lástima y un vecino que tenía una biblioteca empezó a prestarle algunos libros. “Los libros eran mi espacio, mi libertad. Me escondía en cualquier rincón a leer y, cuando mi madre no me oía trajinar, me llamaba desde la cama: ‘¡Ya estás otra vez...!”.

A los 21 años se casó y marchó a Dénia. Tuvo dos hijas, pero un padecimiento de riñón la mantuvo 11 años muy enferma y con una vida limitada. De nuevo la literatura fue su “liberación” y su “refugio”, y cuando se curó no lo pensó dos veces: en contra de lo que le aconsejaban en casa, vendió un huerto de naranjos que había heredado y montó en Dénia su primera librería. “No conocía a nadie ni sabía nada del negocio, pero tenía que hacerlo: cogí una guía y empecé a llamar a las editoriales y distribuidores. Cuando llegó la primera caja de libros a mi nombre casi me volví loca”. En los años noventa abrió otra librería en Gandia y ahora regresa a Dénia “con la ilusión del primer día”. “No me da vértigo la crisis; lo que no concibo es una existencia sin libros en el centro de mi vida”.

El respeto que siente por la literatura hace que lleve mal el actual modelo de negocio en los grandes almacenes —hoy por hoy, donde más libros se venden en España es en Carrefour y El Corte Inglés— , donde uno puede estar ojeando una antología de Pessoa, leyendo aquello de “creo en el mundo como una margarita / pero no pienso en él, porque pensar es no comprender…”, y “en eso suena por megafonía una oferta de bricolaje o de latas de fabada, tres por dos, dese prisa...”. “No es justo”, sentencia, “el espacio natural de los libros son las librerías”.

domingo, 22 de abril de 2012

Los versos de Nicolás Guillén se miran en el espejo del jazz cubano


El pianista Roberto Fonseca musica poemas del autor en su nuevo álbum

MAURICIO VICENT / ÁLVARO DE LA RÚA Madrid - El País

En la regla afrocubana de Palo Monte, Siete Rayos es una divinidad guerrera, viril y justiciera, dueño de la danza, los tambores y el trueno. Es el mismo Zarabanda de la sociedad secreta abakuá y el Chango de la santería, religión en la que se sincretiza con la Santa Bárbara católica. Para no iniciados puede parecer complejo, pero no lo es tanto, y menos para un músico cubano; se trata de raíces y elementos primarios, tierra, mar, fuego, el sonido profundo de los ancestros de Cuba, y aunque esa identidad a veces duerme, siempre acaba despertando. Es lo que le ha pasado en Yo al pianista Roberto Fonseca (La Habana, 1975), uno de los jazzistas cubanos más destacados de su generación, cuyo último trabajo supone un “renacimiento”, un “nuevo modo de filosofar en la música”, en sus propias palabras.

Yo, su séptimo disco en solitario, es fruto de una búsqueda interior y también de la necesidad de consolidar un lenguaje propio a partir de numerosas influencias, pero con una espiritualidad profunda en el centro de todo. “Me he alejado del jazz tradicional y he tratado de indagar en mis orígenes; en cierto modo, cada tema de este disco puede escucharse como un viaje a esas raíces”, afirma.

Fonseca ha colaborado en este álbum con destacados músicos africanos, entre ellos los cantantes Fatoumata Diawara o Assane Mboup (voz de la legendaria orquesta Baobab) y Sekou Kouyate o Baba Sissoko, que tocan instrumentos de cuerda como la kora y el n’goni. También hay en esta banda músicos brasileños y cubanos, en total son una quincena. “África, Brasil y Cuba son tres potencias musicales, la confluencia de estas tres energías es poderosa”.

El corazón de Yo es Siete Rayos, un tema en el que se une el piano de Fonseca con coros, elementos electrónicos, cuerdas y percusiones africanas a modo de gran travesía cultural entre dos continentes unidos por el alma negra y el mestizaje. Fonseca introduce en la melodía la voz del poeta nacional de Cuba Nicolás Guillén, en aquellos versos de su conocido Son número 6: “Como soy un yoruba de Cuba, / quiero que hasta Cuba suba mi llanto yoruba, / que suba el alegre llanto yoruba que sale de mí”. El espíritu de Guillén, que arrastra consigo todo el ritmo y la musicalidad de la isla, es esencia que condensa este tributo a la herencia africana que hace en todo el disco. “Yoruba soy, cantando voy, / llorando estoy / y cuando no soy yoruba / soy congo, mandinga, carabalí”, nos cuentan el poeta y el pianista en esta canción.

Otro pilar de Yo es Bibisá, composición de Baba Sissoko que comienza con una clave cubana en el piano de Fonseca. “La gente a lo mejor espera que se convierta en un son o en cualquier otro ritmo cubano, pero no, es un tema con todo ese fundamento… y este el proyecto de todo el disco: tocar las raíces africanas sin olvidar de dónde venimos, sin olvidar Cuba”.

El locutor y productor británico Gilles Peterson, con quien Fonseca colaboró en los tres discos de su proyecto Havana Cultura, coprodujo dos temas de Yo, el titulado Mi negra Ave María, que el pianista dedica a su madre y en el que incluye el poema improvisado de Mike Ladd, y El soñador está cansado, que habla de la desilusión del amor y combina la sonoridad del nuevo soul inglés con las percusiones cubanas y africanas. La mezcla del órgano Hamonnd y de instrumentos electrónicos con las bases rítimicas de África suenan a epopeya, a viaje descomunal.

Fonseca comenzó su carrera en 1997 con el grupo Temperamento, fundado junto al saxofonista Javier Zalba, exmiembro de Irakere. Un año después salió su primer disco, En el comienzo, y después vinieron seis más como solista y numerosos álbumes como acompañante de las glorias del Buena Vista Social Club, incluidos los que hicieron Omara Portuondo, el trompetista El Guajiro Mirabal y los ya difuntos Cachaito e Ibrahím Ferrer. El Buena Vista le permitió hacer giras por todo el mundo y conocer grandes músicos y muchas culturas, pero le hizo descuidar un poco su propia historia. Ahora, con Yo, que ayer salió a la venta en España, se ha desprendido también del enfoque rockero, funk o más jazzístico de otras épocas. Lo afrocubano siempre había estado presente en su música, pero de modo más contenido. Ya no.

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